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Eduardo Vergara Bolbarán
Columnista Invitado
Estados Unidos celebra un nuevo proceso de
elecciones y abre un poco más las ventanas de su democracia. Hay más de 500
competencias para llegar a la Cámara, el Senado y las gobernaciones estatales;
además, en muchos estados se someten a votación iniciativas tan progresistas y
necesarias como la “Prop 19”, que busca regular el consumo de cannabis en
California. Mientras tanto, en Chile protagonizamos uno más de esos debates
jurasicos y mal olientes que siempre terminan por contraer la democracia y
levantar aun más barreras para impedir la participación ciudadana. ¿El voto
debe ser obligatorio o voluntario? Mi respuesta es simple: Voluntario. Pero lo
que intento sacar a flote, es sobre el por qué algunos quieren que sea
obligatorio.
El voto obligatorio es defendido por
cobardes y flojos. Son cobardes porque temen a perder las garantías que hasta
hoy han mantenido los mapas políticos casi intactos, transformando ejercicios
de principios democráticos en repartijas de poder altamente predecibles. Un
padrón electoral que obliga y luego atrapa, no es sólo poco atractivo, sino que
por sobre todo asegura electorados rígidos que permiten a quienes llegan al
poder, con poco y nada de esfuerzo, se perpetúen en sus posiciones hasta que se
cansan. Una vez electos dedican la mayoría de su tiempo a alimentar a los
llamados “pisos” o robustas “bases” de electores casi incondicionales. Estas
bases son poco evolutivas y garantizan periodo a periodo su re elección.
En una cultura política que cree más en
los consensos que en las luchas justas, y prefiere que ganen todos a medias a
no saber quién va a ganar, el dejar la decisión sobre quienes gobiernan en las
manos del “irresponsable” pueblo es un riesgo que pocos están dispuestos a
tomar. Prefieren ser cobardes.
Los defensores de la obligatoriedad son
también flojos. Se visten de trajes republicanos para justificar su rigidez,
conservadurismo y pereza. Temen a que en el padrón electoral ocurran exilios
masivos. Preferentemente de electores más viejos que tienden a dar su apoyo a
los sectores conservadores de la Concertación como de la Alianza. Ya que
comulgan bajo estas arcaicas teorías, les incomoda el pensar que van a tener
que re encantar de manera constante al electorado, ponerse a generar ideas y
nuevas propuestas, y a levantarse de sus asientos para encontrar al electorado
a mitad de camino. En otras palabras, van a tener que ponerse a pensar en serio
y para peor moverse fuera de su comodidad.
Son los partidos políticos y los
políticos en general, los que con sus ideas tienen la primera responsabilidad
de encantar a los votantes. Si sus ideas no son llamativas, si sus cúpulas
siguen siendo controladas por las élites y si por sobre todo siguen siendo
incapaces de representar futuro; los ciudadanos están en su pleno derecho de
abstenerse y quedarse en casa. Como vamos, el voto cada día vale menos. ¿Para
qué votar entonces?
No pongo en
duda que los ciudadanos tienen derechos y también deberes. Pero el problema radica
cuando los deberes se transforman en el único pilar de sustento de un ejercicio
democrático. Me provoca asco ver como las cúpulas de la Democracia
Cristiana, junto a los conservadores del PS y el PPD son capaces de deshacer
acuerdos seguir entrampados en las lógicas de una coalición que si bien todavía
no está muerta, se ganó el estado de coma gracias a sus malas prácticas,
soberbia y poca capacidad de encantar a su electorado. Pero como la traición y
cambio de chaqueta son lamentablemente prácticas esperadas en el circo político
chileno, lo que más preocupa es que pongan en peligro la oportunidad que hoy
tenemos en abrir un poco más nuestra democracia. Todo a costa de no pasar
sustos y no cansarse un poco más de la cuenta pensando.
El autor es Director Ejecutivo de la Fundación Progresa. Eduardo
es politólogo de la University of Portland, posee M.A.c. de la California State
University Long Beach y un Master of Public Affairs en Seguridad Humana del
Instituto de Estudios Políticos de Paris (Sciences Po) donde recibió la beca de
excelencia Eiffel. Además, es Director Fundador de Asuntos del Sur, una
organización de análisis de políticas públicas para Latinoamérica basada en
Paris, Francia.
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Me da la impresión de que estás asociando el voto obligatorio con la mantención del padrón electoral estático y todos los vicios que eso conlleva. Te falta decir que eso va de la mano con la inscripción voluntaria
, eso es lo que hay que cambiar.
Si el voto fuera obligatorio y la inscripción automática, el padrón electoral sería igual al número de ciudadanos lo cual rompería las taras que te esmeras en enumerar.
Si el sistema se transforma en "todo voluntario" terminaremos viendo como los que votan son sólo los apitutados o apernados que quieren mantenerse en el poder. Y la gente se mantendrá al margen de los procesos democráticos.
Saludos