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Juan Pablo Sáez K.
Columnista Ignire
Cuatro meses después
del inicio de una ola de manifestaciones de “indignados” en Santiago y en las
principales ciudades de Chile, primero contra la construcción de la mega
central HydroAysén y luego contra la política educacional del gobierno, es
posible realizar un primer análisis sobre el impacto político de este
movimiento y separar sus consecuencias coyunturales de aquellas más profundas.
Estas últimas conllevan cambios irreversibles en el funcionamiento del orden
político chileno, tal como lo conocemos desde el inicio de la transición en
1990.
1. Emergencia de una tercera fuerza política. La primera
conclusión que surge a propósito de las protestas es que marcaron la emergencia
de una potencial tercera fuerza política, distinta de la alianza de derechas y
de la Concertación. Esta
tercera fuerza se aproximaría a los ideales de la izquierda (una demanda
creciente por mayor igualdad en todo ámbito), pero también a los valores de la derecha
(una demanda creciente por mayor libertad en todo ámbito) lo que profundiza la
incertidumbre acerca del futuro líder que presidirá este tercer bloque, pues
quienes adhieren a éste exigirán que su jefe no tenga relación histórica alguna
con las dos coaliciones. Esto significa que ningún líder outsider actualmente
vigente (Enríquez-Ominami, Navarro y Arrate) sería capaz hoy de capitalizar el
potencial electoral de este nuevo bloque pues todos formaron parte de la Concertación.
Por otra parte, el
carácter ideológico difuso de esta tercera fuerza paraliza a la Alianza y a la Concertación en
términos de innovación discursiva, y fuerza a ambas a concentrar su oferta
política en el electorado de centro, abandonando una vez más a los votantes
tradicionales de estos dos bloques. Aunque este fenómeno viene desarrollándose desde
la segunda vuelta presidencial de 1999 (donde Lagos se vio forzado a abandonar
su discurso de izquierda para abrirse a los votantes de Lavín, y éste a su vez
logró penetrar el electorado fiel a la Concertación con un discurso alejado de la
derecha tradicional), la aparición de este tercer referente sin fronteras
ideológicas claras lo agudiza.
Sobre la gestación
misma de este tercer referente y su constitución, dos alternativas son posibles.
La primera es que ella se genere como un solo partido o un conjunto de partidos
por iniciativa de los líderes del movimiento social. Es decir, su fundación se
generaría a partir de los grupos de interés que hoy presiden las movilizaciones
y sin la influencia de los partidos tradicionales (como el Partido Comunista).
Si el camino es ese, este referente podría ser más institucionalizado y generar
al mediano plazo un discurso ideológico más diáfano y menos diluido. La segunda
alternativa es que este tercer referente surja por iniciativa de un líder
populista, adscrito a un grupo de interés, que funde un “partido atrapa-todo” capaz
de atraer a los electores descontentos que adhirieron a la causa del movimiento
social. Aunque en el pasado hemos visto ejemplos de esto último en candidatos
como Francisco Javier Errázuriz (fundador del Partido Centro-Centro) y
Enríquez-Ominami el año 2009 (con su partido el PRO), queda por ver cuál sería
el impacto en términos electorales de un candidato con un pasado político
acotado y menos comprometido; cercano al ciudadano común y corriente (una
especie de Bachelet sin un pasado ligado a la historia política del país).
2. Falta de gobernabilidad no sólo en el gobierno sino
además dentro de los mismos partidos y grupos de interés. La segunda
conclusión que puede extraerse del movimiento de indignados chilenos es la
falta de gobernabilidad develada en todos los ámbitos: en el seno de los
poderes ejecutivo y legislativo, en las dirigencias de los partidos políticos y
también en los grupos de interés. La ausencia de unicidad en el discurso del
gobierno (la falta de un “relato político”, que no es otra cosa que la
cacofonía discursiva) y de leadership
del Presidente Piñera es extrapolable a otros ámbitos. En el parlamento no ha
existido una voz única capaz de contribuir a la solución del conflicto y sólo
emergió este espíritu de cuerpo tras la violenta jornada de represión del
jueves 4 de agosto; hasta antes de adoptar una postura mediadora y neutral en
el conflicto, el presidente del Senado apoyaba las manifestaciones y el de los
Diputados las vilipendiaba públicamente. En las coaliciones ha ocurrido algo
parecido: la división respecto a la postura común a adoptar frente a las
movilizaciones ha agudizado la crisis interna de la Concertación mientras
que en la Alianza
ella ha contribuido a exacerbar la lucha entre la UDI y Renovación Nacional por
la hegemonía de la derecha. Tres meses después del inicio de las
paralizaciones, los grupos de interés tales como la Confederación de
Estudiantes de Chile (Confech) comienzan a experimentar divisiones sobre el
futuro de las movilizaciones mientras que los liceanos presionan a sus pares
universitarios por una radicalización del movimiento.
En suma, el
movimiento chileno de indignados ha develado una problemática devenida en
característica constante de nuestro país: la dificultad de gobernar una
sociedad post-moderna más crítica, más informada y exigente. En esta sociedad,
ciudadanos y dirigentes políticos están insertos en la vorágine de la
inmediatez y en esa lógica la política (entendida como un espacio de
negociación y de diálogo) fracasa, lo que explicaría en parte su descrédito así
como la frustración ciudadana frente a la inflación de expectativas alimentada
por los partidos, el gobierno y los grupos de interés. En este contexto, surgen
al interior del gobierno, del parlamento, de los partidos y de los grupos de
interés fenómenos como el mesianismo político, capaces de transformar este
pathos, o emoción que recorre el país, en un ethos, identidad o discurso
político plausible o coherente con esa emoción. Este ethos es, sin embargo,
temporal o, si se quiere, desechable en la medida que cambia según el
comportamiento de las masas.
3. La paradoja de los apolíticos. Por último, es
interesante destacar la paradoja siguiente: el rechazo a los partidos manifestado
por los ciudadanos en general es directamente proporcional al grado de
politización de la sociedad. No se explica de otra forma el número cada vez más
creciente de manifestantes en las calles, los “caceroleos” espontáneos y las
“protestas express”, por ejemplo, contra el sistema de transporte público,
capaces de detener el flujo vehicular de la capital durante toda una mañana.
Quienes gritan “el pueblo unido avanza sin partidos” no agitan la bandera del
desgobierno o de la anarquía, sino que exigen el reemplazo de las élites
dirigentes por otras. Puede que la ciudadanía no sea consciente de este
fenómeno, pero en el clímax de su madurez, lo que ella desea es matar al padre
(la transición; la constitución de 1980) para independizarse y construir su
propia vida (una nueva constitución política; una nueva etapa de la historia).
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