Piñera, la reconstrucción y lo provisorio permanente
Rodrigo Diaz G.
Columnista
Invitado
La naturaleza no tiene la menor idea de
tiempos políticos. De otra manera no se explica cómo deja caer toda su fuerza
justo cuando faltan menos de dos semanas para que entre en acción un nuevo
gobierno, justo cuando el gobierno en ejercicio se encuentra con la guardia
baja, con gran parte de sus integrantes en la playa y con la cabeza puesta en
cualquier parte menos en su pega, justo cuando la presidenta saliente anda con
la mente focalizada en las ceremonias y homenajes de despedida, en unas
merecidas vacaciones, o en ver cómo posicionarse para el 2014 sin que su obra y
popularidad se desmoronen demasiado temprano, no sea que le pase lo que a su
antecesor.
Siempre puede haber sido peor, que si los 8.8
grados se hubieran aguantado unos 15 días habrían encontrado a unas autoridades
recién aprendiendo el nombre de sus secretarias, cómo se usa el teléfono de sus
oficinas, y cómo funciona el dinosaurio viviente de archivos y partes.
Probablemente en eso pensaba Sebastián Piñera a eso del mediodía del 11 de
marzo, pocos minutos después que una réplica de 7.2 grados en la escala de
Richter sacudiera la zona central de Chile, incluyendo el edificio del Congreso
en Valparaíso, donde los pálidos rostros de parlamentarios y autoridades entrantes
y salientes parecían urgir a un rápido término de la ceremonia de cambio de
mando. Ya habrá tiempo para discursos decían sus miradas, porque estando tan
cerca del mar es mejor salir arrancando para los cerros, no vaya a ser que venga
un tsunami de yapa y una ola gigante arrase con la mole de Valparaíso y todos
sus ocupantes, incluyendo a personalidades como el príncipe Felipe de Borbón,
Evo Morales, Álvaro Uribe y Cristina Fernández, quienes seguramente se prometieron
a sí mismos enviar a algún subalterno la próxima vez que se realice uno de
estos eventos cerca de la costa chilena.
Sin embargo, y a pesar de lo que pudiera
pensarse en un primer momento, quizás el terremoto no le venga nada de mal al
nuevo Presidente. Aunque ya se haya tirado al suelo por adelantado diciendo que
la emergencia le impedirá realizar gran parte de su programa de gobierno
(también le habría impedido vender parte jugosa de sus acciones, como si la
Bolsa hubiera cerrado), lo cierto es que políticamente hablando el sismo le viene
como anillo al dedo a Piñera, ya que entre otras cosas le da un verdadero sentido
y dirección a su mandato, brindándole la oportunidad dorada de poder
diferenciarse de sus antecesores concertacionistas, eternamente acusados por la
derecha de ineficientes en el mando del gran buque del Estado. Tiene razón
Ascanio Cavallo en su columna de La Tercera cuando señala que “lo que entonces intentaba el Presidente
electo era crear una épica para su gobierno: la épica de que había carecido la
campaña electoral, más cargada al repertorio de ofertas que a las grandes
ideas. Aunque hubiese ganado con esas mismas herramientas -que, también usaron
sus competidores- Piñera intuía que el primer gobierno democrático de derecha
en 50 años necesitaba algo más que un paquete de promesas. Necesitaba una
misión. Y, crudamente dicho, no la tenía.” La madre naturaleza se la dio,
porque está claro que el superar la emergencia constituye tanto un gran desafío
como una oportunidad espectacular de pasar a la historia como el gran reconstructor
de la patria, demostrándonos de paso a todos aquellos que desconfiamos de un
gobierno de empresarios que ellos sí son capaces de ejercer un liderazgo con
sentido de país, con el agregado de una eficacia de la cual supuestamente carecían
los mandatos anteriores.Después de
todo, qué mejor que un Presidente que en el primer día de ejercicio suspende el
tradicional almuerzo con sus ministros e invitados nacionales e internacionales
para subirse a un helicóptero, ponerse una casaca roja, un casco, y salir a
inspeccionar en terreno los efectos de la réplica con cara de terremoto que
pocas horas antes había sacudido a un país que de a poco se a ido acostumbrando
a resistir a diario temblores que en otras latitudes devastarían países enteros.
La reconstrucción y lo provisorio permanente
Como se dijo anteriormente, cada desgracia
trae consigo una oportunidad, y eso lo han entendido perfectamente las nuevas
autoridades a cargo de la reconstrucción de las zonas devastadas, que han
voceado a los cuatro vientos que ahora sí se van a hacer las cosas bien desde
un principio, que las ciudades y pueblos arrasados van a ser levantados
nuevamente de acuerdo a planes urbanos realizados por los más destacados
profesionales, dotados de vivienda, servicios y equipamiento a prueba de los
terremotos y tsunamis más fuertes y los meteoritos más grandes, sepultando de
paso la muy arraigada costumbre nacional de lo provisorio permanente, aquella
solución precaria que se perpetúa en el tiempo aburrida de esperar la llegada
de la respuesta definitiva. Y es que la tapita de cerveza debajo de la pata de
la mesa coja también tiene su correlato en la ciudad, donde las viviendas de
emergencia tradicionalmente echan raíces, lo mismo que los hospitales de
campaña, las aulas provisionales o los vertederos temporales. Mal que mal,
nuestras ciudades en gran medida no son más que un agregado de cosas que se
hicieron para ganarle tiempo al tiempo, y que ya sea por desidia o falta de
recursos nunca fueron reemplazadas por estructuras más consolidadas.
¿Van a cambiar algo las cosas esta vez? La
intención es que así sea, pero un poco de realismo nos diría que querámoslo o
no algunas viviendas y barrios provisorios se convertirán en permanentes, que
es parte de la naturaleza humana el querer mejorar el espacio donde se habita,
sobre todo si éste es en extremo precario y las soluciones definitivas se ven
demasiado lejanas en el horizonte. Valga
como ejemplo el caso del nuevo Chaitén, donde la población después de casi dos
años de la erupción que sepultó al pueblo se limita a unos cuantos carabineros,
a pesar de que el gobierno no escatimó recursos materiales ni humanos para dar
una solución digna a quienes allá lo perdieron todo. Y eso que estamos hablando
de un pueblo de tan sólo 5 mil habitantes, de los cuales muchos no volverán,
que después de tanto tiempo es tremendamente probable que ya estén más que
asentados en otros lugares. Dadas así las cosas, vale la pena empezar a
imaginarse la tarea titánica que se viene ahora, donde la cifra de damnificados
supera varias veces ese número.
¿Qué hacer entonces? Me atrevo a sugerir 5
acciones que creo que pueden ayudar enormemente a los esfuerzos de
reconstrucción:
Nombrar un zar de la catástrofe, un pez gordo que esté a la cabeza de los esfuerzos del gobierno, que
tenga amplios poderes, comunicación directa con el Presidente, y capacidad de
gestión que le permita bypassear la burocracia de los servicios públicos, sin
duda el mayor obstáculo para la recuperación rápida y ágil de las ciudades y
pueblos afectados. Hasta el momento Piñera ha confiado esta misión a un grupo
de empresarios y tecnócratas, pero se echa de menos un mayor peso político,
algo que este tipo de catástrofes siempre va a demandar, que una cosa es
proveer miles de casas y otra muy distinta es tener muñeca para manejar las
distintas demandas sociales que surgirán en los próximos meses.
Crear un marco legal y administrativo para la reconstrucción que facilite brindar soluciones de emergencia en el
menor tiempo posible, permitiendo saltar las trabas de procedimientos
burocráticos diseñados para ser implementados en condiciones de normalidad
(algo de esto hay, pero la legislación existente es tremendamente imperfecta,
tal como lo comprobaron los encargados de la reconstrucción en catástrofes anteriores,
como los terremotos de Iquique y Tocopilla). Es cierto, una mayor
discrecionalidad administrativa deja el campo abierto para posibles casos de
corrupción, pero este riesgo es preferible a la demora en proveer soluciones
que revisten el carácter de urgente.
No alimentar falsas expectativas. Piñera y su gente deberán hablar con la verdad, y no prometer cosas
que sencillamente no se pueden cumplir. El período de recuperación va a ser
lento y doloroso para miles de familias, y es bueno que lo vayan entendiendo
desde ya, que reconstruir una ciudad puede tomar muchos años, lo mismo que
volver a tener la misma calidad de vida que se tenía hasta antes del 27 de
febrero.
Asumir la permanencia en el tiempo de muchas de las soluciones
temporales. Quizás plantear viviendas
que estén a medio camino entre la precaria rapidez de la mediagua y la lenta
solidez de la albañilería puede ser un buen camino. Dar impulso a soluciones
prefabricadas “mejoradas” aparece como una decisión más que plausible,
permitiendo brindar respuestas relativamente cómodas en un breve período de
tiempo, generando a su vez ahorros en el largo plazo. El producto final puede
que sea de menor calidad que la obtenida mediante la reconstrucción total de
barrios y ciudades, pero evita enormemente las molestias que provoca la espera
de estas soluciones a una población justificadamente sensible a las largas
demoras.
Aprender de la experiencia, y llamar a los equipos de trabajo a quienes han enfrentado
situaciones similares en el pasado. Actuar con altura de miras y convocar a los
personeros y profesionales concertacionistas que trabajaron en Iquique y
Tocopilla sería una medida más que saludable: a fuerza de equivocaciones
aprendieron muy bien lo que hay y no hay que hacer en este tipo de circunstancias.
Palabras al cierre
Lo primero es lo primero. Prometió deshacerse
de sus empresas antes del 11 de marzo y no cumplió, no existiendo terremoto que
valga como excusa. Después de todo, es impresentable que el Presidente de un
país ande preguntando cada mediodía cómo van sus acciones en la Bolsa.
El autor es Arquitecto
titulado en la Universidad
Católica de Chile y Master en planificación urbana en el MIT. Además,
es creador del blog http://ciudadpedestre.wordpress.com/ en donde
publica periódicamente sus opiniones.
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Discusiones Públicas, es una revista semestral que busca colocar temas de contingencia, desde una lógica académica y de investigación aplicada, en la opinión pública. Mediante un riguroso proceso de selección de artículos y ensayos.
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