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Juan Pablo Sáez K.
Columnista Invitado
La manifestación callejera del sábado 28 de mayo contra la puesta en marcha del proyecto eléctrico HidroAysén, que reunió a más de 20 mil personas en el centro de Santiago de Chile, pareció reeditar las “concentraciones”, esto es, las marchas que confluyen hacia un escenario en el cual los líderes políticos arengan y dirigen a las masas. Sin embargo, y a diferencia de las manifestaciones de antaño, la concentración anti-HidroAysén surge como algo inédito en la historia de los movimientos sociales en Chile por su fuerte carácter anti-partidos políticos (“El pueblo unido, avanza sin partidos” se oía vociferar a muchos). Ella inaugura una nueva etapa caracterizada por la adquisición de mayores cuotas de poder por parte de los grupos de interés tanto en su relación con la población —sobre la cual tienen mayor capacidad de convocatoria en detrimento de los partidos— como con el Estado —al cual intentan influenciar directamente— obviando a los partidos como intermediarios.
Lo anterior supone la anulación de una de las principales funciones de los partidos políticos —la de asegurar un linkage democrático entre ciudadanos y Estado y así articular sus intereses en un programa de gobierno u oferta electoral— lo que conduce a algunos a sugerir su pronta desaparición y reemplazo por los grupos de interés. La hipótesis se basa en los numerosos estudios de opinión pública que ubican a los partidos entre las instituciones con menos credibilidad del país y, como consecuencia, en la adhesión cada vez más creciente de la población a los grupos de interés, como el movimiento Patagonia sin Represas. Sin embargo, cabe preguntarse si la percepción negativa de la ciudadanía respecto de los partidos obedece a un juicio preconcebido respecto de éstos en tanto instituciones de la democracia representativa o se trata más bien de un rechazo velado o indirecto al actual modelo partidario surgido del sistema binominal de elección.
Las marchas convocadas por el movimiento Patagonia sin Represas parecen validar esta última idea. Las demandas expresadas en la calle excedieron por mucho a su objetivo principal (esto es, impedir la concretización del proyecto HidroAysén) y sirvieron como catalizador de otras exigencias surgidas desde grupos universitarios, sindicales y homosexuales. En otras palabras, el movimiento Patagonia sin Represas actuó, en esta coyuntura, como un partido capaz de convocar intereses diversos y representarlos ante el Estado, aunque no por vías oficiales. La percepción negativa acerca de los partidos actuales obedecería, entonces, a su lectura errónea de los intereses de la población (esencial para articular programas de gobierno) más que a su inutilidad en tanto instituciones del sistema político. Es posible incluso aventurar la siguiente hipótesis: la ola de descontento surge primero como una respuesta a la lectura fallida de las élites políticas de los intereses de la población y luego, en último término, como una señal de rechazo al modelo político impuesto por la dictadura y luego legitimado por La Concertación. Ambas causas están unidas, por cierto, pero la primera es la manifestación práctica de la segunda, que es más bien percibida por la mayoría como un asunto meramente ideológico. Se trata, en el fondo, de un círculo vicioso: un sistema binominal de elección acentúa la rigidez del modelo político, impide la renovación de las élites y el surgimiento de nuevos partidos y diluye con el paso del tiempo la frontera entre los intereses públicos y privados, que es frente a lo cual los grupos de interés parecieran manifestarse en primer término.
¿Nos encontramos entonces ante una ola contestataria que, en el fondo, exige el fin de los partidos políticos como instituciones intermediarias entre ciudadanía y Estado y preferiría en su lugar a los grupos de interés? La respuesta a esta pregunta exigiría saber primero en qué momento los grupos de interés devienen en partidos políticos. Si los grupos de interés, además de agregar y articular intereses diversos de la población, formulan un programa de gobierno en torno a sus demandas, seleccionan candidatos para una eventual elección política, luego organizan campañas con el fin de ganar dicha elección y alcanzar el poder, y una vez en él forman un gobierno con el fin de llevar a efecto el programa, ellos se transforman finalmente en partidos. La diferencia esencial radica en la postura de unos y otros frente al poder: se supone que los grupos de interés intentan influenciar al poder instituido mientras que los partidos buscan conquistarlo.
Eso en lo ideal, pero en una sociedad de partidos políticos desprovistos de credibilidad, la frontera que los separa de los grupos de interés podría ser superada en un corto plazo cuando estos últimos intenten efectivamente alcanzar el poder. La pregunta que surge en este punto es la siguiente: ¿cómo va a ocurrir esta transformación? Una primera opción es que los grupos de interés intenten influenciar partidos nuevos, desprovistos de una ideología clara, como el Partido Progresista de Enríquez-Ominami, aportando incluso candidatos a una eventual elección parlamentaria. Una segunda opción es que surjan partidos políticos como instituciones-satélites de grupos de interés, es decir, totalmente dependientes de los dictados de estos últimos. Y una tercera opción es que los grupos de interés se transformen en partidos antisistémicos. Tanto en la primera como en la segunda alternativa los grupos de interés se mantienen en la frontera entre la influencia y la conquista del poder, sin perder su status en la sociedad. Mientras que la tercera supone una transformación total del grupo de interés en partido, aunque con un discurso antisistema, que disfrazaría dicha transformación ante su electorado, y altamente contradictorio, pues pondría en tela de juicio el modelo político imperante ya no como grupo de interés sino como partido, esto es, en tanto miembro activo de dicho modelo.
En resumen, la nueva etapa inaugurada por las marchas anti-HidroAysén no supondría la desaparición de los partidos y la cesión de este espacio a los grupos de interés, sino más bien al revés: el paso de estos últimos desde la mera influencia hacia la conquista del poder. Todo ello en una sociedad que acepta las reglas de la democracia representativa, pese a su profundo rechazo a los partidos actualmente imperantes. Los grupos de interés devenidos en partidos estarían provistos de una propuesta de tipo populista de feble densidad ideológica, aunque motivada por ciertas convicciones políticas, y se caracterizarían muy probablemente por tener una corta vida al adolecer de un proyecto ideológico de largo plazo. El cambio mayor que anuncia esta nueva etapa supone entonces la irrupción de una nueva generación de partidos que terminará reemplazando al sistema partidario actual, con consecuencias que deberán ser estudiadas en su momento.
El autor es Master Ciencia Política, Université de París II
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