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¿Gigante o enano? PDF Imprimir E-Mail

Paulina Astroza Suárez

Columnista Invitada

Nota editorial: Esta columna ha sido publicada el día 19 de diciembre de 2010 en el sitio  elpost.cl quienes gentilmente nos han permitido publicarla en nuestro sitio.

Se ha calificado en varias oportunidades a la Unión Europea como un “gigante económico y un enano político” (y se ha agregado incluso que es un “gusano militar”). Si bien esta frase se atribuye a Kissinger (lo que éste negó), es cierto que se ha hecho común para señalar que la integración económica ha avanzado a mayor velocidad que la política. Mucho más lento aún ha sido la integración en materia de política exterior y de seguridad común. No obstante, lo anterior es cierto en gran medida, para ser justos hay que precisar algunas cosas.

El proceso de construcción europea comenzó como un loco proyecto a principio de los años ’50 en materia de integración energética: poner en común la producción del carbón y del acero franco-alemán. El ingenio, la visión y los ideales de un grupo de políticos europeos que vieron en esta estrategia la forma de evitar los roces entre franceses y alemanes que tan nefastos y dramáticos resultados habían acarreado para Europa y el mundo, constituye el inicio de ese gran proyecto que es la integración europea.

Schuman, Monnet, Adenahuer, por nombrar algunos, supieron leer los códigos de Europa en el período de post segunda guerra mundial. Lo que se inició con la exitosa creación de la primera Comunidad Europea (la CECA, Comunidad Europea del Carbón y del Acero), se fue profundizando y ampliando entre los seis países fundadores: Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo. Años más tarde constituirían dos comunidades más: la Comunidad Económica Europea y la Comunidad Europea de la Energía Atómica o Euratom. De seis Estados fundadores se fueron ampliando a 10, 12, 15, 25 y 27 Estados y aún existen dudas de hasta dónde se continuará ampliando, ya que en la puerta están Croacia, Islandia, Kosovo, Bosnia Herzegovina, Serbia, Macedonia…. y el espinudo ingreso de Turquía.

La voluntad que ha animado desde sus inicios este proceso de construcción europea ha sido política: evitar la guerra, pasar del conflicto a la cooperación, de una visión realista del mundo a una transnacionalista o neofuncionalista. Cuando se critica la falta de capacidad de los europeos en materia política, en especial su incapacidad para hablar de “una sola voz” en el escenario internacional y en temas complejos y sensibles, se olvida lo esencial de este proyecto: tener un continente en paz y proveer a sus ciudadanos de estándares de bienestar que implica no sólo crecimiento económico sino también la satisfacción de  necesidades que eleven los niveles de igualdad y justicia social. Son objetivos políticos.

¡Qué duda cabe que han cumplido! Luego de siglos de guerras, con dos conflictos fraticidas de carácter mundial, los europeos gozan hoy de décadas de paz (con la lamentable excepción de Los Balcanes…). Aquellos que se mataron, se invadieron, se mutilaron mutuamente, hoy comparten espacios de libertad, desarrollo, justicia, no tienen fronteras físicas, los une una moneda única, normas de carácter supranacional, con movilidad estudiantil y académica, con un mercado único, libertades de circulación de bienes, servicios, personas…. Europa se presenta como el modelo exitoso de integración. El solo hecho de ver hoy franceses, alemanes, británicos, belgas o italianos traspasar fronteras sin siquiera mostrar un pasaporte, es el símbolo de lo que un continente en paz aporta al desarrollo de una sociedad.

Por otra parte, pese a la crisis económica y financiera mundial que tan fuertemente ha afectado a este continente, a las duras medidas de ajustes que hoy viven, a las movilizaciones sociales que manifiestan el rechazo de la sociedad civil por estas medidas, es justo recordar que, si bien Europa no crece a los niveles de China o India, estos países tomarán décadas en alcanzar -si alguna vez lo hacen- los niveles de calidad de vida de Europa. Si su calidad de vida es comparable a la japonesa, hay que reconocer que los europeos están creciendo (a niveles débiles y sostenidos sobre todo en el motor alemán, es cierto), pero Japón ha estado ya por un demasiado largo período estancado. El Viejo Continente está viviendo una gran crisis en estos momentos, por razones que no me detendré en esta columna por ser dignas de un análisis particular y más detallado. Sin embargo, cuando uno estudia la historia de la construcción europea podrá comprobar que está llena de crisis, avances y retrocesos, negociaciones y tensiones. Esta no es la primera ni será la última.

De cada crisis en el pasado los europeos han sabido negociar y llegar a acuerdos que han implicado, en diferente grado, a niveles de mayor profundización y ampliación de la integración. Esta vez no es la excepción.

Contrario a lo que algunas voces han planteado, esta crisis ha llevado a la toma de conciencia de que la integración, sobre todo económica, está incompleta. Una integración económica y monetaria sin una integración fiscal, es una bomba de tiempo que tarde o temprano iba explotar. Y así ocurrió. Las medidas adoptadas por los diferentes Consejos Europeos van en esta lógica e incluso, a sólo un año de la entrada en vigencia del Tratado de Lisboa (que tanto costó adoptar), ya se ha planteado su modificación parcial para lograr darle a esta Europa integrada el marco jurídico necesario para su consolidación y proyección en el tiempo.  La Unión Europea tiene aun muchos desafíos, muchas falencias y ha cometido muchos errores en algunas materias, pero es exagerado calificarla de “enano político” cuando vemos sus logros, en especial ese bien tan preciado que se valora cuando se pierde: la paz.

La autora es Directora Programa de Estudios Europeos, Universidad de Concepción. Master en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Université Catholique de Louvain, Bélgica. Responsable Módulo Jean Monnet de la Comisión Europea.

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