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Energía y Sociedad, el día después de Barrancones PDF Imprimir E-Mail

 

Felipe Encinas P

Columnista Invitado

 

La respuesta ciudadana frente al proyecto termoeléctrico de Barrancones, que se instalaría en la cercanía de Punta de Choros, impacto profundamente la discusión pública acerca de la generación eléctrica en nuestro país. Como acuerdo social, representa muy bien a aquello que no queremos que se haga en nuestro país. Sin embargo, la pregunta de lo que si queremos hacer para incrementar la capacidad instalada de la matriz eléctrica nacional resulta mucha más compleja.

 

Está claro que las aguas están agitadas en torno a la discusión de las políticas energéticas en nuestro país. Quizás por primera vez asistimos a una masiva y decidida manifestación ciudadana con respecto a la manera en que estamos articulando las propuestas y el desarrollo de proyectos de generación eléctrica.

 

Es como si repentinamente, todos los clichés de la sociología publicitaria en boga (ciudadanía empoderada, redes digitales sociales, etc.) se hubiesen materializado, tomándose literalmente la discusión pública por un par de días. En efecto, el golpe fue tan fuerte que no podía sino remecer al mundo político y a las instituciones encargadas de la administración y tramitación ambiental de tales proyectos.

 

En este caso, la respuesta ciudadana estuvo motivada por la aprobación del proyecto de la central termoeléctrica Barrancones que iba a ser instalada en las cercanías de un importante santuario natural ubicado en Punta de Choros, región de Coquimbo. Sin embargo, desde hace ya algunos años pudimos asistir a la manifestación pública de opiniones contrarias a la instalación de otro proyecto de generación, aunque en este caso de origen hidroeléctrico. En efecto, Hidroaysén despertó a ciertos movimientos sociales, donde la gran cantidad de superficie inundada, junto con la instalación de una línea de transmisión de más de 2.000 km, puso la alerta sobre los potenciales impactos ambientales en una zona de gran interés ecológico y turístico.

 

Sin embargo, mientras la discusión pública estaba centrada en este proyecto específico, en nuestra matriz eléctrica se comenzó a incrementar progresivamente la componente de generación a partir de combustibles fósiles (carbón y derivados del petróleo), producto de, entre otras razones, la crisis de suministro de gas natural desde Argentina. Es así como por ejemplo, se estima que la generación eléctrica a partir del petróleo diesel aumentó desde un 1% del total en el año 2006 a un 22% del total de generación en el año 2007 y  llegando a un valor record de 38,2% en el mes de abril del 20081.

 

No vamos a descubrir ahora las consecuencias negativas de este hecho. La propia Comisión Nacional de Energía (CNE), advertía en el año 2008 que este hecho puede implicar la cuadruplicación de las emisiones de CO2 anuales del país (desde 70 millones de toneladas anuales en la actualidad hasta cerca de 300 millones al 2030). Esto, en contra de las pretensiones ecologistas y en jerga futbolística, no puede representar otra cosa sino un gol de media cancha.

 

En un contexto globalizado, donde la huella de carbono de los productos, no solo constituyen un argumento de venta sino están camino a convertirse en una exigencia internacional, una matriz energética basada en gran parte en combustibles fósiles, puede representar una pérdida importante de competitividad para las exportaciones del país. Hace solo un par de semanas, por ejemplo, se llamaba la atención acerca del aumento en la huella de carbono de los vinos de exportación chilenos, que traería consigo la implementación de la nueva central termoeléctrica Castilla, asunto que claramente afectaría su competitividad en el mercado mundial.

 

Ya se ha señalado en ediciones anteriores de esta columna que las definiciones específicas de sostenibilidad aplicadas cada sociedad o país, nacen a partir de acuerdos sociales2. En este sentido, la discusión originada a partir del caso Barrancones dejo en evidencia que a nivel ciudadano y político existe un consenso general, a partir del cual podríamos declarar que como país, no queremos centrales termoeléctricas ubicadas en áreas susceptibles de gran impacto ambiental.

 

De esta manera, podemos establecer que tenemos muy claro lo que “no” queremos. Sin embargo, lo que “si” queremos como país en relación a este tema representa a todas luces, una pregunta mucho más compleja.

 

De acuerdo a proyecciones de la CNE, considerando un crecimiento anual de un 6%, la matriz energética nacional se duplicaría y triplicaría hacia los años 2020 y 2030, respectivamente, en comparación con la capacidad instalada actual.

 

Fuentes de la industria señalan además, que al año 2020 podríamos contar con una reducción de entre un 3 y un 5% en la demanda producto de la eficiencia energética y una participación de las energías renovables no convencionales (ERNC) en un 10% de la matriz eléctrica nacional. Luego, el saldo, debería ser cubierto con energía térmica (a partir de combustibles fósiles), hidroeléctrica o incluso, nuclear. En ese contexto, la pregunta de lo que “si” queremos como país tendría que remitirse necesariamente a algunas de estas 3 alternativas.

 

Sin embargo, un estudio realizado el año 2008 por las universidades de Chile y Técnica Federico Santa Maria3,  establece un horizonte completamente diferente a las proyecciones de crecimiento eléctrico habitualmente realizadas. En efecto, este estudio establece que el aporte de las ERNC y de las mejoras en eficiencia energética (a nivel de usuario final y de generación) pueden llegar a representar entre un 22,3% y un 31,4% (para dos escenarios, uno conservador y otro dinámico, respectivamente) de la capacidad instalada al año 2025.

 

Estas cifras plantean algunos aspectos interesantes. En lo inmediato, esta reducción en los requerimientos energéticos a nivel nacional (del orden de 7.142 MW y 9.874 MW en capacidad instalada para los dos escenarios previamente señalados) sería equivalente a la potencia de varias centrales térmicas e hidroeléctricas grandes, como las construidas hasta el momento en Chile.

 

Para que esto sea posible, es necesario desarrollar políticas estratégicas de desarrollo energético y territorial, claramente mas allá de lo que se ha hecho hasta el momento. Vale decir, más que esperar que se den las condiciones de mercado para que las tecnologías de energías renovables sean competitivas por sí mismas, se deberían generar políticas públicas que fomenten con fuerza y claridad la incorporación de las ERNC en la matriz energética nacional. La experiencia internacional es muy clara en este sentido.

 

Al mismo tiempo, la eficiencia energética no debiese constituir solo una política pública reactiva de ahorro de energía frente a periodos de estrechez en el suministro eléctrico, sino como un recurso energético generado a partir de la gestión eficiente de ésta tanto durante los distintos procesos productivos como a nivel del usuario final (y por tanto, ser promovida y difundida constantemente).

 

Sin embargo, parece que la discusión acerca del futuro de la generación de electricidad en nuestro país se hubiese dividido entre “ecologistas” y “desarrollistas” (como lamentablemente se ha pretendido caricaturizar a partir del caso Barrancones). El hecho de que la ciudadanía  desconfíe de los  mecanismos de evaluación ambiental como reales instrumentos para proteger nuestro patrimonio natural (como cuando se señalaba que el proyecto Barrancones cumplía con toda la normativa ambiental vigente) representa un muy mal síntoma en esta excesiva polaridad de la discusión.

 

Es claro que solo en la medida en que se pueda consensuar el incremento en la capacidad instalada eléctrica en nuestro país, con reglas claras y efectivas para protección del medioambiente con una mirada territorial, podremos generar decisiones maduras y coherentes respecto de nuestra matriz energética. Así podremos contar con una matriz eléctrica diversa y competitiva en relación a un mundo globalizado donde se valora cada vez más la responsabilidad medioambiental y donde además seamos menos dependientes de combustibles fósiles importados.

 

El autor es arquitecto de la Pontificia Universidad Católica de Chile y MSc de la Universidad de Nottingham en el Reino Unido. Se ha desempeñado como académico, investigador y consultor de sustentabilidad y eficiencia energética en proyectos de arquitectura. Actualmente reside en Bélgica, realizando estudios de Doctorado en el equipo de investigación “Architecture et Climat” de la Universidad Católica de Lovaina.

 

Notas:

(1) CNE: Política Energética: “Nuevos Lineamientos. Transformando la crisis energética en una oportunidad”. M. Tokman, Ministro Presidente Comisión Nacional de Energía. Comisión Nacional de Energía, Santiago, 2008. p.29

 

(2) Ver por ejemplo, columna del mes de Junio  “Sostenibilidad, política y democracia”

 

(3) “Aporte Potencial de: Energías Renovables No Convencionales y Eficiencia Energética a la Matriz Eléctrica, 2008-2025”. Programa de Estudios e Investigaciones en Energía del Instituto de Asuntos Públicos de la Universidad de Chile y Núcleo Milenio de Electrónica Industrial y Mecatrónica, Centro de Innovación en Energía de la Universidad Técnica Federico Santa Maria. 2008

 

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