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Discriminación por orientación sexual PDF Imprimir E-Mail

Algunas reflexiones a propósito de la discriminación por orientación sexual y el trabajo legislativo en Chile

Ximena Gauché Marchetti

Columnista Invitada

Hace sólo unos días y en medio de la efervescencia política, ideológica y mediática que está causando en Chile lo que bien se podría llamar “la cuestión educativa”, con sus manifestaciones (paros, movilizaciones, detenidos con uso excesivo de fuerza, agresión a funcionarios policiales, descalificaciones verbales entre adversarios políticos, daños a inmuebles, y un alto número de “otros”) y con las discusiones que han ido surgiendo en el marco de esas manifestaciones (calidad, lucro, gratuidad, accesibilidad, y también una alta cantidad de “otros”) la prensa informaba la aprobación en el Senado de la República de un proyecto de ley marco contra la discriminación que menciona expresamente a la orientación sexual y establecería un mecanismo judicial ágil para interponer acciones cuando alguien sea víctima de una discriminación arbitraria.

Sólo unos días antes se recogía también por la prensa la firma e ingreso en el Congreso de un proyecto que busca crear y regular en Chile el “Acuerdo de Vida en Pareja”, llamado entre otras cosas a establecer un marco normativo a los efectos jurídicos derivados de las convivencias o uniones afectivas entre personas que no opten por el matrimonio, sean o no del mismo sexo.

Estos hechos muestran que estaríamos entonces en un momento en que – luego de años de ausencia o invisibilización en el debate público – la existencia en Chile de personas homosexuales, sus relaciones y la discriminación que viven en distintas esferas de su vida se ha colocado como tema en la agenda legislativa nacional que pretende cumplir el mandato de la igualdad, la no discriminación y la inclusión social que da sello de legitimidad a las sociedades verdaderamente democráticas en el siglo XXI.

La pregunta sería ahora qué se puede esperar de estas iniciativas de ley para los meses que vienen.

Y lo que parece una obvia pregunta es justificada si se mira hacia atrás y lo que ha ocurrido en los últimos años en este tema. Revisando el trabajo legislativo se observa que ha habido una verdadera batería de proyectos, llenos de buenos propósitos e impacto mediático que a poco andar de su vida en el Congreso, van quedando en el camino: o se archivan, o quedan eternamente durmiendo en alguna comisión.

Para muestra unos ejemplos.

El 10 de julio de 2003 ingresó como moción parlamentaria el “Proyecto de Ley de Fomento de la No Discriminación y contrato de unión civil entre personas del mismo sexo”, que se archiva el 4 de agosto de 2009. El 19 de marzo de 2008 y también como moción ingresa el “Proyecto de Ley que regula la Unión civil de personas del mismo sexo”, el cual es archivado el 1° de junio de 2010. Años antes, el 3 de agosto de 2000 había ingresado como moción parlamentaria el “Proyecto de Reforma Constitucional que establece constitucionalmente el derecho a no discriminación arbitraria”, que se archivó el 15 de junio de 2006. Más recientemente, ingresó el 27 de octubre de 2009 por una moción la propuesta que “Establece un Pacto de Unión Civil” y que se encuentra desde el 29 de enero de 2010 en primer trámite constitucional, sin urgencia alguna.

Finalmente en esta relación breve de ejemplos no se puede omitir que el 29 de junio de 2010 ingresa el “Proyecto de Ley que regula la figura contractual denominada Acuerdo de Vida en Común”, por moción parlamentaria y a los pocos días, el 3 de agosto de 2010, hace lo suyo el “Proyecto de Ley sobre Contrato de Matrimonio entre personas del mismo sexo”, también como una moción, encontrándose ambos proyectos en actual tramitación.

A la lista de ejemplos mencionados hay que agregar la circunstancia de que casi todos estos proyectos se han presentado con más cuota de oportunismo político que de conciencia y compromiso claro de avanzar en la discusión que el país necesita sobre la diversidad sexual y sus relaciones con el derecho, con todo y lo difícil que será encontrar postulados que no tengan buena parte de razón y buena parte de sin razón en un tema en que puede costar mantenerse fiel a las propias convicciones. Frente a algunos ha habido tenaz oposición dentro de parte del propio bloque de quien lo promueve (recordemos las críticas a Andrés Allamand y a Fulvio Rossi desde sus propios sectores políticos) y poco espacio se genera para la inclusión de las voces de los que tradicionalmente están una situación desmejorada. Todo ello no puede si no poner en cuestión la viabilidad efectiva de los últimos proyectos ingresados y preguntarse entonces qué se puede esperar ahora que haga distinto el debate y su eventual destino legislativo, sobre todo si se tiene presente que al emblemático proyecto del actual gobierno sobre “Acuerdo de Vida en Pareja” ha seguido la presentación de un proyecto de reforma constitucional para establecer que el matrimonio es entre un hombre y una mujer, mediante una modificación al artículo 1° de la Constitución y que no ha sido posible lograr acuerdos en torno al “género” en el proyecto de ley contra la discriminación, temas que no podrán más que agregar complejidades a la discusión parlamentaria que tiene que venir.

Así las cosas, una posible respuesta a la interrogante de qué se puede esperar de todas estas iniciativas de ley para los meses que vienen, no se puede buscar y tratar de construir sin mirar fuera de Chile, saliendo de nuestro estrecho y a veces oportunista debate político sobre los temas esenciales de la sociedad. Pensemos en cómo se “debate” en Chile por los distintos actores sociales y políticos sobre el aborto terapéutico; sobre el uso y distribución de la píldora del día después y, por supuesto, sobre la gran reforma educativa que el país necesita, sólo por citar temas en que toda sociedad tiene que reflexionar para llegar a un acuerdo poniendo cada uno en la mesa sus razones y argumentos pero en que muchas veces “los unos” no escuchan ni respetan a “los otros”.

En efecto, a propósito de esta enorme cantidad de proyectos de ley y su futuro hay que recordar que también por estos días somos testigos de la audiencia pública por el caso de Karen Atala contra Chile que se sigue ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos luego de que el estado no pudiera dar satisfacción a las recomendaciones que hiciera la Comisión antes de llevarnos a la sede jurisdiccional continental el 17 de septiembre de 2010, por las alegadas violaciones en perjuicio de ella y de sus hijas por el presunto trato discriminatorio y la intervención en su priva privada y familiar sufrida debido a su orientación sexual y que le habría significado la pérdida de la tuición de sus hijas, afectando de paso según la Comisión el principio de interés superior del niño a que Chile se ha obligado a respetar como parte de la Convención de Derechos del Niño.

Es decir, por estos días estamos viendo el curso que sigue la quinta demanda contra el país en el sistema internacional para hacer efectiva nuestra responsabilidad internacional por violar derechos fundamentales, lo que no puede sino hacer mirar qué se está pidiendo a Chile y cómo este juicio internacional – más allá de una eventual sentencia condenatoria o no - ya puede ayudar a avanzar en el camino legislativo de ser un país más inclusivo y que no discrimine, si es que eso se persigue en verdad con la batería de proyectos que han entrado al Congreso.

Pero ocurre que lo que se le pide a Chile no es nada menor.

A la Corte se le está pidiendo que se ordene al Estado que repare el daño material e inmaterial causado como consecuencia de las violaciones alegadas en la demanda; investigue e imponga las consecuencias legales que correspondan por el actuar de funcionarios judiciales que discriminaron e interfirieron arbitrariamente en la vida privada y familiar de Karen Atala, y que incumplieron sus obligaciones internacionales de asegurar el interés superior de las niñas; reconozca públicamente su responsabilidad internacional y publique las partes pertinentes de la sentencia que eventualmente emita el Tribunal; disponga medidas de rehabilitación;        adopte medidas de no repetición que incluyan legislación, políticas públicas, programas y directivas para prohibir y erradicar la discriminación con base en la orientación sexual en todas las esferas del ejercicio del poder público, incluyendo la administración de justicia y, lógicamente, que pague las costas y gastos legales incurridos en la tramitación del presente caso.

Claramente, nos piden bastante más que un par de leyes que algunos llamarían “progresistas” por lo cual los legisladores tendrían que detenerse un minuto a mirar esta petición de medidas de no repetición, especialmente las que supondrían “…legislación, políticas públicas, programas y directivas para prohibir y erradicar la discriminación con base en la orientación sexual en todas las esferas del ejercicio del poder público, incluyendo la administración de justicia”, todo lo cual parece además y desde ya más útil al debate de fondo que la mediática discusión si colocar en el proyecto “condición sexual” en vez de “orientación sexual” cuando nadie casi en el mundo discute este último término.

No basta entonces con que se adopte una ley con un mecanismo ágil para denunciar arbitrariedades o una que señale el destino de los bienes comunes en una unión entre personas del mismo sexo si se quiere en verdad trabajar por un país que no discrimine a nadie por causa alguna si está en la misma situación o posición, más allá de que se comparta o no la forma de destinar los afectos y la sexualidad, buscando pensar en cómo se va implementar en Chile una verdadera conciencia o cultura de la no discriminación en todos los niveles.

Y el tema no es menor si se considera seriamente que el orden jurídico internacional trabaja bajo el principio esencial de que debe considerarse como hecho del Estado cualquier comportamiento de todo órgano, ya sea que ejerza funciones legislativas, ejecutivas, judiciales o de otra índole, cualquiera que sea su posición en la organización del Estado y tanto si pertenece al gobierno central como a una división territorial del Estado y que aún puede tener que llegar a responder por hechos de particulares por no cuidar el deber de prevención, es decir, bajo el concepto de debida diligencia del estado.

El caso Atala que hoy se sigue en la Corte Interamericana es la prueba de que Chile debe trabajar en todos los niveles.

En efecto, la argumentación del poder judicial de no participar en las mesas de trabajo que sugirió la Comisión Interamericana de Derechos Humanos al Estado de Chile antes de llevar el caso a la Corte, argumentando en la independencia de dicho poder del Estado, sepultó toda posibilidad para el país de no verse otra vez sentado en el banco de los países cuestionados por sus políticas de derechos humanos en el continente. Además, algunas de las argumentaciones que trae la Comisión ante la Corte dan cuenta que al inicio del juicio de tuición, Karen Atala y su cónyuge estaban en igualdad para obtener esa custodia, sin embargo de lo cual algunas autoridades judiciales centraron de manera casi exclusiva la atención en la orientación sexual de ella y no en la capacidad de ambos padres para ejercer la tuición, aplicando así un estándar distinto para ella y poniéndola en evidente posición de desventaja con base en un elemento no contemplado por la ley chilena para este tipo de decisiones, abriendo así la puerta para que discusiones en torno a ciertas concepciones estereotipadas de la sexualidad fuera el centro de discusión de los jueces, sin considerar el derecho aplicable, se dice.

Así las cosas, la situación puntual en que el poder judicial ha ayudado a poner a Chile con su actitud en este caso no ha sido más que el corolario de este contexto nacional que quiero poner en evidencia, en el cual se pretende avanzar legislativamente pero en que la diversidad sexual y específicamente la orientación homosexual como preferencia, no es realmente considerada en su relación directa con los derechos humanos universales y como parte integrante de la autonomía de las personas, lo cual se refleja en actos y omisiones que provienen de los diversos poderes del estado frente a lo que se necesita un trabajo integral, más allá del ingreso de uno u otro proyecto legislativo.

Chile tiene mucho que hacer en materia de no discriminación y se debe trabajar multi- sectorialmente en generar una sociedad que no sólo sea formalmente democrática sino también verdaderamente tolerante e inclusiva, que apunte a un fin último y trascendente: terminar con ideas estereotipadas de las personas que expresan su sexualidad de manera diferente y aceptar toda la diversidad que existe en nuestra sociedad y que se expresa en muchas más formas. Es cierto que ese fin se logra con leyes, pero esas leyes necesitan políticas públicas de implementación, programas adecuados de seguimiento y planes de capacitación para una adecuada formación en derechos humanos de quienes van a aplicar esas leyes, políticas públicas y programas.

En síntesis, se necesitan cambios legislativos fundados en un orden constitucional adecuado pero se debe avanzar también más allá de lo legislativo y acompañar esos cambios con las políticas, programas y planes ya referidos, además de recursos humanos y económicos para su implementación, para cambiar concepciones erradas o llenar lagunas de desconocimiento sobre lo que es en verdad la orientación sexual de una persona, y para que se conozca la normativa internacional que rige en la materia y los medios de protección contra la discriminación.

Esos planes, políticas y programas deben abarcar a funcionarios de los distintos poderes estatales, incluidos por supuesto los funcionarios públicos y el poder judicial, pero también la policía y las fuerzas armadas, de orden y seguridad, y llegar al mundo educativo y de las comunicaciones - que contribuyen muchas veces a formar ideas estereotipadas de las personas que expresan su sexualidad de manera diferente - incluyendo además la evaluación adecuada de las políticas públicas que implementen las normas en el sentido de favorecer la inclusión de todos y todas a adecuados cauces para el desarrollo en lo laboral, educativo, familiar, cultural y en todos los ámbitos en que se despliega la vida humana.

Las democracias contemporáneas deben ser consecuentes en respetar la autonomía de las personas y su libertad para decidir cómo quieren construir su identidad y vivir sus propias vidas, sin aceptar la interferencia del aparato estatal o gubernativo ni menos de terceros en la planificación que cada uno haga para su vida sexual y privada, pretendiendo imponer determinadas ideas morales o hasta religiosas, debiendo no sólo actuar por omisión sino además de modo proactivo creando garantías y mecanismos óptimos para materializar esta citada autonomía de otras personas.

Así pues, en último término esto tiene que ver con la autonomía, la libertad y su ejercicio por cada individuo a la hora de tomar las decisiones sobre su propia sexualidad en base a su particular identidad sexual. Bajo esa creencia es que es necesario alejar las actitudes paternalistas en la toma de decisiones y la imposición de morales particulares con pretensión de universalidad o de que sean verdadero dogma de fe y vida. Los sentimientos religiosos o creencias morales de unos no pueden ser la guía para determinar los derechos de otros y un legislador lo debería tener presente al pretender crear normas o modificar instituciones, velando por el respeto a los derechos de todos como límite necesario y por los bienes indispensables de cada sociedad, con prudencia y, evidentemente, bajo el principio de proporcionalidad.

Del mismo modo, no es posible pretender que todas las diferencias - en este caso derivadas de la sexualidad - sean aceptadas como absolutas y válidas por y para todos. Quien considera voluntariamente a la religión como la guía para su vida en lo sexual, aceptando las prescripciones que ésta le imponga debe poder vivir su vida libre de coacciones de parte de quienes sientan que la religión no debería permear el discurso de la vida terrenal que todos tenemos.

Hay que asumir que las diferencias – desde las discrepancias de opinión política hasta las diversas formas de entender el proyecto de vida social o individual y la forma de manifestar nuestros afectos y erotismo – son legítimas y la expresión más viva de la dignidad humana si se respeta el derecho de los demás.

En este contexto, hay que poner todas las ideas sobre la mesa y promover una discusión legislativa y un debate sano, sin contaminaciones por razón de oportunidad para que ojalá rinda ahora algún buen fruto.

Hay que esperar entonces que el Congreso haga honor al poder político que le hemos entregado los ciudadanos.

La autora es Abogada. Doctora en Derecho, Profesora Asociada, Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, Universidad de Concepción, Chile. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla

Comentarios (1)Add Comment
Compromisos más oportunistas que efectivos...
escrito por Andres Rivera Duarte, agosto 25, 2011
Es un análisis profundo de compromisos más oportunistas que efectivos. Y digo compromisos porque Chile ha firmado varias Resoluciones en OEA y ONU en donde se compromete a resguardar y velar por los derechos humanos de todas y todos, incluyendo la orientación sexual y la Identidad de Género, lamentablemente cuando llevamos estos compromisos al país, tenemos proyectos de ley cercenados, que excluyen Género e Identidad de Género, (entiéndase por Identidad de Género: La vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente profundamente, la cual podría corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo que podría involucrar la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios médicos, quirúrgicos o de otra índole, siempre que la misma sea libremente escogida y otras expresiones de género, incluyendo la vestimenta, el modo de hablar y los modales).
Una ley que en si misma nace siendo discriminadora, porque integrantes del Congreso Senadorxs y Diputadxs, ocupan el poder político entregado por lxs ciudadanxs para sus propios intereses y juicios valóricos de lo que es “el bien y el mal” o lo “normal y anormal”, aun así comparto con Ximena, que “Hay que asumir que las diferencias – desde las discrepancias de opinión política hasta las diversas formas de entender el proyecto de vida social o individual y la forma de manifestar nuestros afectos y erotismo – son legítimas y la expresión más viva de la dignidad humana si se respeta el derecho de los demás.”

"Mas que hombres o mujeres somos personas"

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