Deseos y pasiones en la toma de decisiones políticas.
Ángela
Ruth Silva Salse
Columnista invitada
“Pero ¿no ves que también en nuestro Estado
ocurre esto: que los deseos y las pasiones de la multitud, que es la parte
inferior, son dominados por la prudencia y la voluntad del pequeño número, que
es el de los más aptos?”(Platón, pág. 196)
Cuando idealizamos la herencia
grecolatina es interesante volver a releer algunos de los denominados textos
clásicos. Se sostiene con frecuencia que Platón es idealista y se le identifica
con corrientes que tienen relación con la construcción de una sociedad ideal,
como por ejemplo, Leonardo Boff (2000, pág. 97)
que señala es el hombre de la utopía. Sin embargo, cuando éste analiza su
presente tiene una visión bastante pesimista de su propia realidad, y sobre
todo, de su sistema de ordenamiento político, teniendo al pueblo (sólo es una
parte de la sociedad, se excluyen mujeres, esclavos y extranjeros) más que como
un elemento importante de la organización política un elemento inferior al que
la parte superior no debería someterse.
Vemos en éste pasaje de la República una crítica a lo que hoy
constituye el referente de sistema político por excelencia, la democracia.
Vemos en ella que la democracia ateniense tendría al menos dos elementos interesantes;
la dicotomía entre lo racional (superior) y lo irracional (inferior) y entre la
mayoría y la minoría, a los que otorga categoría de aptitud e inferioridad
respectivamente.
Detengámonos un minuto en la primera premisa, lo racional como
elemento superior, frente a lo irracional como un elemento impredecible que se
aleja de la esencia y que encarna el desorden; y tenemos lo racional, elemento
de control y orden. La ética del mundo grecorromano le otorga mucha importancia
a lo deliberado de quien realiza la acción, y poca a una carente de finalidad (Collingwood, 1972, pág. 49) porque se tiene fe en la racionalidad como
elemento rector de las acciones. ¿Pero esto es tan así? Indaguemos en nuestras
propias decisiones ¿siempre son racionales o nos dejamos llevar por las
pasiones, lo oscuro que no podemos dominar? Tenemos como contrapunto la visión
cristiana, que sostiene lo contrario, el hombre actúa en la oscuridad sin saber
las consecuencias de su acción (Collingwood,
1972, pág. 53).
Ahora bien, en la toma de decisiones
políticas ¿qué es lo que prima? Se decide sobre la base del análisis de que es
lo mejor para el conjunto de la sociedad (en esto agregamos el elemento ético
de la búsqueda del bien común) o nos dejamos llevar por elementos transitorios
como el miedo, hastío, ganas de cambio o cualquier otro elemento sin realizar
un análisis racional de las consecuencias de nuestras acciones en el desarrollo
de las políticas que afectarán a todo el conjunto de la sociedad ¿actuamos a
ciegas como propone la visión cristiana? o ¿somos seres que podemos de cierta
forma controlar las consecuencias de nuestras acciones y con ello el futuro?
Vemos ahora la otra premisa, ella
sostiene que existiría una capa superior en la sociedad capaz de actuar
racionalmente y otra inferior que no tendría esta capacidad. ¿Quién sería esta
capa superior? ¿Acaso la clase política? Esta idea de ver al conjunto de la
sociedad como una masa o “pueblo” como movida por las pasiones y de tipo
inferior es una actitud de larga data, tenemos como mejor ejemplo de esta idea
la Carta de Diego PortalesJosé M Cea.
Lima, Marzo de 1822 en que señala que “La
Democracia que tanto pregonanlos
ilusos, es un absurdo enlospaíses como los americanos, llenos de vicios
y donde los ciudadanos carecen de toda virtud como es necesario para establecer
una verdadera República”. Y es entonces cuando sólo la clase ilustrada, que
ostenta el poder y a la vez es la clase política tomaría las riendas en el
siglo XIX.Y cada cierto tiempo surge en
el panorama político una especie de “Mesías”, una especie de Salvador, que con
sus acciones nos conduciría a la felicidad, una persona con cualidades
superiores que nos mostraría el camino (con independencia de la opción
ideológica que diga sostener)
Diversas opciones política se han
apoderado de elementos simbólicos tales como el dominio de lo irracional
enmascarándolo en un discurso racional. Cuando la Concertación de partidos por
la democracia presento en la campaña del sí y el no la opción de “la alegría ya
viene” recurrió a un sentimiento y más cercano a nuestro presente, en la última
campaña las ideas se concentraron en “vivir mejor” y el “cambio”. A ello surgen
dudas ¿cómo viviríamosmejor y qué clase
de cambio tendríamos?
¿Qué significan estos conceptos? Todo
y nada a la vez, significan esperanzas y anhelos sociales de los que se apropia
un determinado grupo político como orientadores de la construcción social.
Conservando y administrando para sí la verdad, aunque no lo proclamen
abiertamente muestran una visión de una sociedad pasiva que necesita a una
clase política que muestre el camino, pues ellos están capacitados para
hacerlo.
Vemos en suma, como solapadamente la
clase política sin decirlo, sigue considerando al “pueblo” como irracional. Los
propios partidos para la elección de sus candidatos no han permitido la
participación de sus miembros, o incluso, han ignorado las decisiones de la
mayoría¿Por qué? Porque siguen pensando
que en sus manos más “prudentes”que son
las más “aptas” se encuentra la verdad y que la mayor parte de los ciudadanos
no son capaces de visualizar el conjunto de los problemas, luchar por el bien
común y generar instancias de autogobierno. Y puede que sea por ello, que
eliminan de su discurso los elementos racionales de cómo llevarían a cabo su
gobierno ya que no podríamos comprender esta complejidad, tratándonos como
pensaba hace miles de años atrás Platón, una multitud inferior que se deja
llevar sólo por las pasiones.
Bibliografía
1.Collingwood, R. (1972). La
historiografía grecorromana; La influencia del cristianismo. En R. Collingwood,
Idea de la Historia (págs. 23-52; 52-56). México: Fondo de Cultura
Económica.
2.Leonardo, B. (2000). A
águia e a galinha. Uma metáfora da condiçao humana. Petrópolis: Vozes.
3.Platón. (2001). La
república o el Estado. Madrid: Espasa.
La autora es Licenciada en Educación,
Profesora en Historia, Geografía y Ciencias Sociales (Pontificia Universidad
Católica de Valparaíso). Diploma de Estudios Avanzados Educación y Democracia
Universidad de Barcelona. Phd(c) en Educación y Democracia Universidad de
Barcelona.
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