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Felipe Encinas P.
Columnista Invitado
Nota
editorial : Esta columna ha sido publicada previamente el 4 de enero de
2011 en portalinmobiliario.com y se ha publicado en Ignire con autorización de
su autor.
La figura del asesor de eficiencia
energética en edificaciones ha encontrado su nicho laboral en nuestro país. Sin
embargo, muchas veces no es valorado comercialmente. Hoy hay que comprender el
valor agregado de esta especialidad.
A la hora de los balances de fin de
año, no podríamos desconocer la importancia que tuvo la discusión en torno a la
eficiencia energética y aspectos medioambientales asociados a la edificación
durante 2010 en nuestro país. Ya sea a través del anuncio de un nuevo sistema
de certificación energética para viviendas, la cada vez más masiva difusión de
los colectores solares térmicos o en un plano más general, el debate asociado a
la matriz energética nacional. Claramente el tema ha dado de qué hablar.
En este
escenario, la figura del asesor de eficiencia energética en proyectos de
arquitectura ha aparecido con fuerza y ha encontrado su nicho laboral tanto en
ámbitos públicos como privados. El sector público parece haber impulsado esta
situación, por el hecho de exigir, cada vez con mayor frecuencia y desde un
tiempo a esta parte, la presencia del asesor de eficiencia energética dentro
del staff de especialistas en licitaciones de proyectos de arquitectura.
Adicionalmente,
este crecimiento importante de la oferta de trabajo ha venido aparejada de la
aparición de numerosos programas de post-grado y post-título en las
universidades chilenas, lanzando al mercado nuevos especialistas en eficiencia
energética ligados a la edificación.
Todo
esto evidentemente representa una buena noticia para el país. Sin embargo, al revisar el modelo de
asesoría energética que se ha venido imponiendo, aparecen algunos aspectos para
discutir. En efecto, por los procedimientos propios de estas licitaciones, el
asesor en eficiencia energética ha recibido –en términos formales– el mismo
tratamiento que las otras especialidades. Lo anterior se traduce en que muchas
veces sea el precio el único criterio para discernir entre las distintas
alternativas de especialistas. Esto, desde una óptica comercial puede
ser visto como una situación lógica y evidente, y en ese sentido, aparece como
difícilmente discutible.
Sin
embargo, este tipo de estudios de eficiencia energética, son por definición,
una actividad que le puede agregar valor al proyecto de arquitectura (generando
diferenciación por medio de mejoras en su desempeño y en las condiciones de
confort de los usuarios) y por tanto no debería ser tratado como si se hablase
de commodities. Otras especialidades, como por ejemplo, de alcantarillado o del
agua potable difícilmente podrían poseer la característica de “agregarle” valor
al proyecto.
La
responsabilidad del tratamiento homogéneo entre la eficiencia energética y el
resto de las especialidades no podríamos adjudicársela exclusivamente a los
organismos públicos que realizan estas licitaciones. Mal que mal, los términos
de referencia han ido siendo mejorados paulatinamente, dejando cada vez menos
espacio para la improvisación o a la aplicación equivocada de procedimientos y
estándares.
Podríamos
esperar a futuro, eso sí, mayores definiciones con respecto a los datos de
entrada de las simulaciones numéricas que se utilizan en estas asesorías, para
tener una aproximación más objetiva o comparable en relación a los resultados
de estas. Recordemos que en no pocas de estas licitaciones se establecen
exigencias concretas en términos de demandas de calefacción anuales (en
kWh/m²/año).
Al
mismo tiempo, se hace necesario generar mecanismos particulares de seguimiento
en obra a las intervenciones técnicas propuestas por el especialista de
eficiencia energética. Esto, por ejemplo, puede aplicarse a la instalación de
la aislación térmica, actividad absolutamente crítica para la obtención de
adecuados estándares de desempeño energético.
Por lo
tanto, la responsabilidad de la situación previamente descrita no radica tanto
en los que definen y exigen el estándar como en los que lo aplican. Y en el caso de un proyecto de
arquitectura, esta recae en quien o quienes son los encargados del diseño y
coordinación de los diversos aspectos y especialidades asociadas. Es
decir, en el(los) arquitecto(s) del proyecto.
En
efecto, si observamos los buenos ejemplos de aplicación de criterios de
eficiencia energética en edificaciones en Chile, podemos ver que el éxito de
estos casos ha sido producto del esfuerzo mancomunado de arquitectos y
especialistas (tanto de eficiencia energética, como de instalaciones y
sistemas) desde las primeras fases de diseño del proyecto.
Todo
pasa, entonces, por un asunto de perspectivas frente a la profesión y a lo que
constituye y define un proyecto de arquitectura. Cuestionándonos, por ejemplo,
la importancia que como arquitectos le otorgamos al confort de los usuarios
versus otros criterios más asociados a la forma construida.
De esta
manera, en la medida que los arquitectos entendamos y valoricemos el valor
agregado que es capaz de otorgarle la asesoría de eficiencia energética al
proyecto, éste realmente podrá constituir un aporte en términos de consumo
energético y de confort térmico, diferenciándose significativamente en
comparación con sus pares del mercado. Si no, la eficiencia energética se
convierte un requisito más a cumplir dentro del checklist de especialidades.
El
autor es arquitecto de la Pontificia Universidad Católica de Chile y MSc de la Universidad
de Nottingham en el Reino Unido. Se ha desempeñado como académico, investigador y consultor
de sustentabilidad y eficiencia energética en proyectos de arquitectura.
Actualmente reside en Bélgica, realizando estudios de Doctorado en el equipo de
investigación “Architecture et Climat” de la Universidad Católica de Lovaina.
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